Cuando los atlantes llegaron a Brasil (Primera parte)

Por Pablo Villarrubia Mauso
Fuente: Revista Año Cero, Abril 1993Shadows of atlantisenigma atlantidaNa Trilha dos Deuses Solares

Brasil fue descubierto, oficialmente, por el comandante Pedro Alvares Cabral a cargo de la corona lusitana. Desde entonces, este país y su vasta extensión territorial – casi 8,5 millones de km cuadrados – ha sido escenario de una infinidad de incógnitas y sorpresas. Durante años, los arqueólogos han intentado descubrir los orígenes de los nativos o de las civilizaciones desaparecidas antes de la llegada de Cabral. Recientes hallazgos en el nordeste brasileño han sido motivo de polémica y de impacto contra las teorías hasta entonces vigentes sobre el origen del hombre en América; sus aceptados 15 a 25.000 años de antigüedad se han convertido ahora en 48.000 y hay quien se plantea hasta 70.000.

Ahora bien, el misterio no ha sido aclarado, y civilizaciones como la Marajoara (del norte del Pará, en la desembocadura del rio Amazonas) o las del interior del estado de Bahía mantienen innumerables incógnitas. Hay que recordar que hasta hace muy pocos años la comunidad científica internacional creía que el territorio brasileño sólo había albergado indios culturalmente retrasados, que andaban en taparrabos y únicamente sabían construir toscas cabañas de paja a raíz de las inhóspitas condiciones del ambiente selvático, de la sabana y de algunos desiertos.

Pero ese concepto tradicional comenzó a experimentar un cambio radical a principios de siglo XX, cuando varios investigadores – entre los que se contaban exploradores, arqueólogos y periodistas – dieron con una nueva y sorprendente teoría: la que relacionaba el origen de varias de estas civilizaciones con el continente perdido de la Atlántida.

Según la hipótesis más conocida y aceptada entre los atlantólogos, en base a las descripciones hechas por Platón en el siglo IV AC, la Atlántida habría existido en medio del océano Atlántico y se habría hundido bajo las aguas tras un violento cataclismo hace aproximadamente 11.000 años. Según los Diálogos, habría sido un gran continente habitado por una avanzada civilización “… cuyas casas tenían tejados de oro, con barcos y ejércitos destinados a invasiones y conquistas…”

Basándose en estas y otras informaciones, el coronel ruso Alexander Pavlovich Braghine comenzó a moverse en busca de los vestigios que los atlantes pudieran haber dejado en otros continentes. Nacido en Moscú en 1878, Braghine fue jefe del servicio de contraespionaje del zar durante la Primera Guerra Mundial, y había combatido contra el ejército rojo. Tras la revolución rusa se exilio en Inglaterra y luego en Brasil, donde cambió su nacionalidad. Hasta su fallecimiento, ocurrido en Río de Janeiro en 1942, la Atlántida fue una de las obsesiones de su vida y sobre ella publicó dos libros: O enigma da Atlántida ( Shadows of Atlantis) y Nossos descendentes da Atlántida.

Para el apasionado excoronel, las leyendas difundidas entre los indígenas americanos en cuanto a los grandes maestros civilizadores o profetas, como Quetzalcoatl entre los aztecas, o Viracocha entre los incas, eran la demostración de la presencia de los atlantes en las Américas. En Brasil, los indios tupis adoraban a Sumé, un dios barbado y de piel blanca, similar a sus homólogos entre aztecas e incas, que había venido del Oriente, es decir, de donde había existido el continente atlante.

Braghine también citaba a las Amazonas, que en 1541 habían sido vistas por el explorador español Francisco de Orellana, cuando navegaba por el rio que ganaría el nombre de las mujeres guerreras. Estas féminas de piel blanca podían haber sido las descendientes de los supervivientes de la Atlántida, y mantenido muchas de las costumbres de sus antepasados. Por ejemplo, usaban en símbolo universal de la fertilidad, la rana o el batracio, en forma de amuletos, que eran conocidos como muiraquitãs entre los indios brasileños. Tallados en una piedra verde llamada nefrita, amazonita o jadeíta, no sobrepasaban los 4 o 6 centímetros. Según los relatos de los exploradores como el alemán Alexander Humboldt y el francés Bonpland, los indios tupís-guaranís contaban que las icamiabas (el nombre indio de las amazonas) sin marido quitaban la piedra bruta de un lago sagrado, el Jaciuaruá (“Espejo de la luna”) para transformarla en objetos de gran valor mágico y medicinal, a causa de que sus poseedores siempre rehusaban venderlas. Tales objetos son absolutamente únicos en toda América y causaban extrañeza a muchos expertos por el hecho de estar tan bien labrados y con técnicas aparentemente tan avanzadas como para compararlas a las de los indios.

En la zona donde posiblemente habrían habitado las amazonas existen otros lugares enigmáticos relacionados con los descendientes de atlantes en Brasil: la isla de Marajó, en la desembocadura del río Amazonas, (la mayor isla fluvial del mundo, con casi 50000 km cuadrados) tiene una enorme extensión de pantanos.

Probablemente, esta isla es uno de los espacios que se reserva la mayor cantidad de secretos sobre antiguas civilizaciones avanzadas de América. Braghine la consideraba como una colonia atlante de gran importancia, cuyos habitantes se habrían mezclado con los nativos y desarrollado técnicas de confección de cerámica muy exclusivas, de corte antropomorfo. Los pueblos marajoaras podrían haber llegado, conforme indica la arqueología ortodoxa, hacia el año 1000 AC, y permaneciendo allí hasta 1350, cuando desaparecieron de forma desconocida.

Los marajoaras dejaron grandes necrópolis de barro repartidas por toda la isla. El barro o la arcilla era la base de esa civilización que vivía en palafitos, y cuyas cerámicas antropomorfas son consideradas las más ornamentadas de todas las Américas, aún más que las de los pueblos andinos y mexicanos.

El último representante de la cultura marajoara es Raimundo Cardoso, de 70 años, un indígena que habita un pueblo cercano a Belén do Pará, a escasos kilómetros de la isla de Marajó. Cardoso heredó de sus abuelos las técnicas tradicionales de confección de la cerámica, que ahora intenta enseñar a sus hijos, para que no se pierdan. “Antiguamente yo hacía la cerámica porque me gustaba, sin saber lo que significaban aquellas exquisitas figuras antropomorfas y geométricas”, declara. “Pero en los últimos años comencé a buscar información sobre mis antepasados. Puedo afirmar con seguridad que tenian técnicas ceramistas tan avanzadas como las de los griegos. Lo más apabullante son unas inscripciones que recuerdan un alfabeto y cuyas letras se parecen a otras encontradas en el antiguo Oriente”.

Cardoso añade que la sociedad marajoara era matriarcal, y las mujeres eran quienes dominaban la técnica de modelar y cocer la arcilla. Los dibujos o formatos de mujeres embarazadas, ranas y sapos como símbolos de la fertilidad, y de la luna, son una clara demostración del culto a lo femenino, que puede tener vinculaciones con las amazonas atlantes.

Otras culturas de origen incógnito han habitado las planicies selváticas de la cuenca del Amazonas: los tapajós (que hacían lámparas semejantes a las del Oriente), los maracá con pinturas a todo color, entre las que destacaban las del dios Jaguar… Desgraciadamente, muchos de los más importantes objetos arqueológicos de esos pueblos han sido robados por saqueadores de necrópolis y vendidos a coleccionistas particulares de Europa, EEUU y Japón, que los guardan bajo siete llaves.

Los misterios atlantes de la Amazonia no se terminan con estos pueblos. El explorador y escritor francés Marcel F. Homet, autor de los libros Os filhos do Sol y Na trilha dos deuses solares, emprendió entre los años 40 y 50 varias expediciones a la región noroeste de la Amazonia brasileña, donde había encontrado vestigios que pensó correspondían a la civilización atlante: inscripciones y dibujos sobre piedras (dólmenes) y leyendas entre los indios que hablaban de un pueblo desaparecido, constituidos por gigantes pelirrojos con ojos azules, que en otro tiempo dominaron la Amazonia.

Uno de los principales vestigios de estos gigantes pelirrojos puede haber sido la piedra pintada, un gigantesco monolito de casi 30 mts de altura y 100 de extensión, cuyas paredes están recubiertas de símbolos y grabados como una gigantesca serpiente estilizada de siete metros que presenta en sus extremidades una cabeza y un órgano genital masculino de grandes dimensiones. En total son 600 mts cuadrados de pinturas, que incluyen una especie de alfabeto desconocido, y que Homet achaca a los atlantes o sus descendientes, los cuales habrían logrado escapar del cataclismo hacia América y Europa, donde dieron origen a culturas sui generis como la de los celtas y vikingos, a los que el denomina Homo Atlanticus.

Otros datos recabados por Homet nos cuentan las tradiciones de los indios de la tribu Makuschi, en el norte de Roraima, que hablan del Rey Maconem “príncipe de la era del diluvio”, predecesor o coetáneo de Decaulión, el héroe del diluvio en las leyendas de la región del Mediterráneo europeo. El explorador francés no deja tampoco de compaginar la leyenda de El Dorado con la de la Atlántida: considera Manoa o El Dorado una Atlántida en miniatura, puesto que una tradición existente entre los nativos de la sierra de Parimá (en el extremo norte de Rondonia), recogida por el portugués Francisco Lopes en el siglo XVI y publicada en 1530 en la Historia Geral das Indias, habla de una ciudad con muros y tejados de oro ubicada en la isla de un gran lago salado. En el centro de la ciudad estaría un templo consagrado al Sol. Homet reflexiona que Manoa podía haber sido la legendaria Ophir de los atlantes, donde habría minas de oro, y que tendría características semejantes a la ciudad descrita por Platón en su Critias.

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