Sección de Aventureros: Luis Caldas Tibiriça: “La aventura de las lenguas”

por Pablo Villarrubia Mauso

Tiene casi 90 años y sus ojos aún brillan cuando le hablan de ciudades perdidas en las selvas, de inscripciones enigmáticas grabadas en las rocas por antiguas civilizaciones…este es Luis Caldas Tibiriçá, otro gran aventurero que el siglo XX quiso olvidar pero que aquí, en este espacio, recordamos. Este brasileño participó en las escaramuzas de la Revolución del 32 en São Paulo, acogió en su casa a célebres revolucionarios en los años 70. Por esto y sus ideas altruistas, los altos mandos de la dictadura militar de entonces le persiguieron implacablemente hasta dejarle en total ruina económica.

Pero nada pudo con este gran intelectual, autor del mejor y más completo diccionario de Tupi-Guaraní que jamás se editó. Al prestar el servicio militar en los lejanos años 30, Tibiriçá fue destinado a un lejano y perdido fuerte en medio de la selva Amazónica, en el estado de Rondonia. Allí contactó con varias tribus indígenas, algunas de las cuales jamás habían visto un hombre blanco. Su facilidad de comunicación y de idiomas le permitió entablar amistad con los “salvajes” y percatarse que su vida era más interesante que la de los aburridos urbanícolas.

En su indefectible cuaderno de bitácora, el joven Tibiriçá iba tomando apuntes de las palabras indígenas. Al final encontró más de 600 términos de origen celta en las lenguas amerindias. A esto añadía otras tantas palabras de origen japonés y árabes. “Existen palabras árabes entre los quichés, tzutuhiles, cakchiqueles de Guatemala, especialmente relacionadas a la medicina. Hay que recordar que Mahoma y sus seguidores difundieron el arte de curar y los hospitales”, nos dice el sabio brasileño.

A principios de los 70 publicó un libro titulado “O Maia e o Magiar”, demostrando el contacto prehispánico entre los mayas y los magiares, es decir, los antiguos habitantes de Hungría y Transilvania. Su tesis coincidía con la de Juan Moricz, un húngaro radicado en Ecuador y que descubrió la polémica cueva de los Tayos, otrora habitada por una supercivilización que escribió libros históricos en placas de oro.

Desde hace mucho Tibiriçá ha roto con las teorías tradicionales sobre la ocupación de América. En 1971 decidió investigar los restos de la Guerra del Paraguay (mediados del siglo XIX) en territorio de Mato Grosso. Junto con su amigo Lourival Joaquim Leite – con sus botas y machete – penetró en territorio donde descubrió una calzada empedrada que llevaba hasta los antiguos dominios del Imperio Incaico. Antes, en 1968, participó en la fundación del Instituto de Arqueología Brasileira y el año siguiente el Centro de Estudios Matemáticos.

En 1972 el “sertanista” (persona que contacta indígenas) viajó en misión antropológica al Chaco Paraguayo donde estuvo con los indios Maká. Sus andaduras le llevaron hasta la Isla del Sol (en el lago Titicaca, en Bolivia) donde recogió palabras de los indios Uru, los mismos que fabricaron las barcas de paja de totora para Thor Heyerdahl y Kitín Muñoz.

En el Museo Arqueológico de Lima encontró momias rubias que asoció con tipos nórdicos. En el museu Pachamac encontró restos de telas que luego identificó a la seda china y en las proximidades un templo con características egipcias. Cuando volvió a Brasil, en São Paulo, exhumó osamentas humanas de tiempos coloniales del antiguo Colegio de los Jesuitas, allí donde predicó el famoso padre canario José de Anchieta, autor de la primera gramática indígena brasileña.

El polifacético Tibiriçá adentró en el territorio de la música étnica, y estudió sus manifestaciones en las aldeas de los indios nambicuaras. En 1983 realizó una expedición a la misteriosa ciudad de piedra de Paraúna (Goiás) donde existe una muralla pétrea de más de 80 kms y una pirámide sobre una sierra. Al año siguiente llegó a la remota región amazónica del rio Guaporé, a donde estuvo el coronel británico Percy Fawcett y descubrió una suerte de “mastaba” de piedra quizá de origen foráneo.

A mediados de los 90, junto con su amigo el investigador alemán Heinz Budweg, descubre las ruinas de Igatú, en el interior de Bahia. Luego las asocian a la mítica ciudad perdida del documento 512 (1754), la misma que buscaba Fawcett. En 1999, los dos investigadores – junto con la paragnosta Edna Gasparotto – descubren un enorme monolito repleto de petroglifos en el estado de Mato Grosso al que denominan “Pedra Preta”. “Estoy un poco mal de una pierna, pero estoy listo para una próxima aventura en busca de nuestros orígenes”, me decía Tibiriçá colgado de su hamaca con su mirada vivaracha y llena de juventud.

3 comentarios

  1. AnnA Baraldi Holst said,

    18 mayo 2009 a 9:56 pm

    Sr. Pablo como está ? hace mucho que no tengo noticias suyas
    adonde anda en el camino de los mundo secretos?
    Me cuente de su vida
    Creo que se acordará de Gabriele D. Baraldi yo soy la hermana.
    Espero que se encuentre bien con disposicion miles…..
    Saludos cordiales y no deje de me escribir.
    Cordialmente
    AnnA Baraldi Holst

  2. ZOILO ALVARADO FLORES said,

    2 marzo 2011 a 10:34 pm

    Hola don Pablo: lei este articulo en la revista “Enigmas” y me parecio excelente. He dado clase con el. Soy Catedratico de Ciencias Sociales e Historia en el Instituto San Francisco de Asis de la ciudad de San Pedro Sula, en Honduras. C.A.
    Me gustaria saber donde obtener mas informcion de don Luis Caldas.
    Le ofrezco mi amistad mas sincera. Que nuestro Dios le Bendiga y le Guarde.Felicitaciones por ser una persona tan preparada y especial. Su colega hondureño: Zoilo Alvarado Flores
    Lic. en Educacion Cristiana

  3. 26 abril 2012 a 9:06 pm

    Hola Anna que bueno encontrarnos por este medio, encontré recientemente a Pablo en Madrid y no tuvo sino las mejores referencias hacia Gabriel, tu hermano. Que pena, me hubiera gustado tanto conocerlo personalmente, pero al menos me queda su obra. Sabes quienes continuan su trabajo en Brasil??


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