Haitises

HAITISES: TIERRAS DE LOS FENICIOS AMERICÁNOS

 

Los pescadores llegaban animados a las playas de Sánchez. Habían traído las redes llenas de peces y compartían la alegría con sus familias. Niños, mujeres y ancianos, descendientes de antiguos esclavos africanos venidos de las islas caribeñas inglesas, sacaban con sus manos los seres acuáticos aún vivos para depositarlos en palanganas y cubos. En Sánchez la vida es así de sencilla: la alegría por poder comer, por echarse al mar para amenizar el calor sofocante y la tranquilidad ofrecida por una buena siesta después del almuerzo.

Mirábamos a los lugareños con algo de envidia. Su universo giraba entorno a cosas tan sencillas y tan vitales que ponían en entredicho nuestra estresante y compleja sociedad. Nos subimos a la lancha bajo la mirada de niños que sonreían sin tener más motivo – quizá – que nuestras pálidas pieles protegidas del inclemente astro rey por dosis elevadas de protector solar.

El amodorrado dueño de un “colmado” (mercadito) nos habló de la existencia del mítico tesoro de Cofresí, que llevó a muchos aventureros a emprender excavaciones dentro de las cavernas de la bahía de Samaná, bajo la excusa de sacar guano.

– Cofresí era un pirata que estuvo en la bahía de Samaná y por sus numerosos canales. Se casó con una nativa y fueron ellos los primeros moradores de Sánchez, que al principio se llamó Las Cañitas. El tesoro de Cofresí se perdió y dicen que todavía está escondido en una de muchas cuevas de los Haitises – nos dijo mientras un cliente le rogaba posponer una deuda acumulada.

Iniciábamos nuestra singladura marítimo-fluvial por uno de los parques nacionales más extraordinarios del Caribe: Los Haitises. Estábamos en la península de Samaná, al nordeste de República Dominicana, conocida en el pasado por los constantes asaltos de piratas y filibusteros franceses, ingleses y holandeses. Hoy ellos ya no existen, pero las tupidas selvas serían capaces de despertar la codicia de los llamados biopiratas, ávidos por la biodiversidad que hoy alimenta grandes empresas biotecnológicas.

 

Debíamos cruzar de Sánchez al otro lado de la península, cinglando aguas algo revoltosas del mar y olas encrespadas pero complacientes con nosotros y que sentíamos el viento de la libertad que proporciona este tipo de viaje y aventura. Eran varios kilómetros que pasaron desapercibidos mientras contemplábamos la sierra de la Loma, en Samaná, que se hacía más angosta a medida que avanzábamos hacia la desembocadura del río Barracote, una de las puertas de entrada al Parque Nacional de los Haitises.

El ruido del motor y de las aguas nos enmudecía. Los únicos seres humanos que vimos pasada más de media hora fueron tres hombres metidos en una canoa tallada en un tronco de árbol. Las aguas habían cambiado de color, adquiriendo un tono marrón à medida que avanzábamos Barracote adentro. Pudimos contemplar la lujuriante vegetación que cubre sus márgenes, compuesta de palmeras y árboles frondosos cuyo verdor casi nos cegaba.

Indios de las Aguas

Era la comunidad de Laguna Cristal, donde viven poco más de 500 vecinos, sin agua encañada y sin luz eléctrica, pero con la ventaja de disfrutar de uno de los ambientes naturales más sanos del planeta. Los niños desnuditos correteaban de casa en casa, alguna mujer con sacos de ropa en la cabeza caminaba con ese movimiento cimbreante típico de los pueblos oriundos de África.

Un viejito cargaba a sus espaldas un pesado fajo de leña. Venía a paso lento, mirando obligatoriamente hacia el suelo. Le saludé y me contestó levantando la punta de la nariz. Se paró y alivió la carga. Entablamos una amistosa conversación hasta que salió a colación algo que me interesaba saber.

– ¿Conoce usted alguna aparición, algún espanto en Laguna Cristal?

– Pues, si le digo la verdad, aunque hay gente que no lo crea, yo mismo he visto a una india de las aguas – me dijo afirmativamente.

– Cuénteme qué es una india de las aguas – le indagué.

– Bueno, sabe usted que, más adelante, por este mismo camino, se va a topar con la Laguna Cristal, muy bonita, de agua verde transparente, muy limpia. Desde hace muchos años los antiguos contaban que era un lugar embrujado por las noches. Cuando era adolescente, y eso, como puede ver por mis arrugas, hace mucho tiempo, mi curiosidad me picó y decidí salir a la media noche y acercarme a la laguna. Me senté a sus orillas. Había una bonita luna llena que iluminaba todo y se reflejaba en el agua. Entonces surgió, de la nada, una mujer a la otra orilla, muy bella, de cabellos oscuros, largos y lacios. Su piel no es como la de los morenos, era más clara: era una india de las aguas.

– Pero, ya no existen indios en República Dominicana. Murieron todos en la época de la conquista española, principalmente por epidemias… – contesté con cierta incredulidad. Pero el anciano se mantenía en su posición.

– Sí, ya lo sé, pero esta india no es una india normal, es una aparición, un ser embrujado. Me contaban los mayores que eran como almas que salían a buscar hombres y se los llevaban hasta las cuevas de donde no volvían jamás. Si es un indio, un varón, estos se pueden enfurecer y echan terribles conjuras contra los que invaden su espacio sagrado.

El relato del anciano coincidía con el recogido por folcloristas dominicanos que buscan sus raíces en Opiyelguabirán un ser que se escapó de una laguna y nunca más le volvieron a ver y que se transformó en una entidad espiritual. El cronista catalán Ramón Pané, de la época de la conquista, escribió lo siguiente en su “Relación a cerca de la antigüedad de los indios”:

“…dicen que tiene cuatro patas, como de perro, y es de madera, y que muchas veces por la noche salía de su casa y se iba a las selvas. Allí iban a buscarlo y vuelto a casa lo ataban con cuerdas; pero él se volvía a las selvas. Y cuando los cristianos llegaron a la dicha isla Española, cuentan que éste se escapó y se fue a una laguna; y que aquellos lo siguieron hasta allí por sus huellas, pero que nunca más lo vieron, ni saben nada de él.”

El nombre Opiyelguabirán contiene en su morfología la raíz “opía”, que en lengua taína significa “espíritu” Otros estudiosos recogieron que a las orillas del río Yuma, los campesinos vieron tales indias usar una suerte de peine de oro para peinar sus abundantes cabelleras.

En la magia vuduísta del país, los indios conforman la “División Indiana” y los brujos y adivinos los invocan ante los altares adornados con vasos llenos de agua y algunas réplicas de cemíes o ídolos taínos, los antiguos habitantes de la isla.

El anciano siguió su rumbo con el pesado hatillo a cuestas y nosotros seguimos hasta la Laguna Cristal. Es una verdadera joya cristalina en el fondo de un cráter y rodeada de altos árboles y denso matorral. Jugueteaban, en sus aguas, y con algarabía, varias niñas y niños. Algunas mujeres, indiferentes a nuestra presencia, lavaban a orillas las ropas de la familia.

Volvimos al barco para regresar a la desembocadura del Barracote y tomar rumbo a oeste, por el mar. Las aguas se hicieron más turbulentas y repletas de peligrosos troncos flotantes y raíces arrancadas de vegetales. A lo lejos las nubes se condensaban, se reconcentraban para derramar el agua celeste.

Para nuestra sorpresa, y sobre el mar, divisamos los primeros mogotes, extraños islotes redondeados, cubiertos de vegetación. Algo los hacia diferente: su composición, basándose en piedra caliza, la misma que compone los cientos de cuevas que perforan el Parque Nacional de los Haitises. Algunos mogotes estaban unidos a tierra firme por pantanosos manglares, otros se encuentran escalonados en multitud de cayos pequeños separados de la costa por estrechos canales, formando un dédalo inextricable.

La lancha se acercó, temerariamente, a una enorme boca de cueva que directamente daba al mar, desde un paredón semidescubierto de un mogote más grande que los demás. De su techo colgaban largas estalactitas. Inadvertidamente mi cabeza rozó una de tales estructuras cársticas mientras intentaba, de espaldas, sacar una foto visualizando la boca de la cueva y el mar.

Dioses en Haitises

Algunos días antes habíamos estado en Santo Domingo, la capital, donde entrevistamos a uno de los decanos de la arqueología dominicana, el doctor Fernando Morbán Laucer, que fue director del prestigioso Museo del Hombre Dominicano. Este nos pondría entre las manos una valiosísima y rarísima obra titulada “Apuntes para la prehistoria de Quisqueya” (1912) del catalán Narciso Alberti Bosch.

En sus amarillentas páginas encontramos muchas referencias a cuevas con petroglifos y pinturas primitivas que hoy, desgraciadamente, ya no existen, por la barbarie cometida por nacionales, extranjeros e, incluso, autoridades gubernamentales, que saquearon o simplemente destruyeron estas inscripciones únicas e irrecuperables.

Con emoción pudimos leer que Bosch había estado en los Haitises y en algunas de sus cuevas a partir del 2 de mayo de 1911 y, al igual que nosotros, se había embarcado en puerto Sánchez, pero en una embarcación a remos, el “Cometa”. “Soplaba un brisote fresco, que movía bastante escarceo y la embarcación remontaba con bastante facilidad cuando un grito dado por el patrón me dio a comprender que algo grave había pasado a bordo. Era el timón que se había desprendido, avería que fue compuesta sobre la marcha… Al amanecer pude contemplar el hermoso paisaje de esa marina donde la Naturaleza se manifiesta con todo salvaje esplendor”, narraba con dramatismo el sabio catalán.

Nuestra curiosidad se dilató cuando recorrimos las líneas que mencionaban la caverna de Caño Hondo. Allí Bosch encontró, a la entrada, una cabeza esculpida en la roca: “como un sapo con barbas… Junto a esta figura existe una especie de mono”. Posteriormente interpretó la figura como “el Dios Término, el Thot egipcio, el Hermes de los griegos, el Mercurio de los romanos, el Hércules de los fenicios… esa cara esculpida en la entrada de la caverna de Caño Hondo, es una prueba evidente de que las expediciones fenicias fondearon en la Bahía de Samaná hace 2.690 años.”

En la misma entrada de esta cueva existía un pilar natural de tres metros de altura, cuya mitad superior tiene algunas inscripciones que, para Bosch, confirmaban la llegada de los navegantes fenicios desde las cuencas del Mar Mediterráneo antes de las Guerras Púnicas. Otro estudioso, el francés Henry Onffroy de Thoron, escribió un libro en el siglo XIX donde recogía nombres toponímicos de la isla de Haiti-Hispaniola. Llegó a la conclusión que tenían origen en antiguos nombres mediterráneos. Uno de los nautas del Viejo Mundo era el jefe cartaginés Zamna al que Bosch atribuye la distribución de tierras en Samaná bajo la invocación del dios Thot.

“Sobre estas letras se ve una especie de cruz formada por los brazos de una balanza. Al pie de la balanza y en actitud sentada, se ve un diablito del cual perfectamente se distingue una pierna, los dos ojos y unos cuernos. Sobre los brazos de la balanza se ve un cocodrilo con la boca abierta tragándose una cabecita, manera de representar los espíritus infernales en aquellos tiempos. La inscripción que existe debajo de la balanza, yo la he traducido por Llegada de Ati”.

Y, ¿ quien era Ati? La Luna según las tradiciones semíticas, o como dice Bosch “una divinidad que precedía la sucesión de los tiempos y el destino humano; papel que con arreglo a las creencias de la antigüedad está en las atribuciones lunares… En tiempos remotos se aplicaba la palabra Ati para designar nombres propios de mujeres; y así vemos que los egipcios al llegar al país de Punt (Arabia), mil trescientos once años antes de Jesucristo, encontraron que la mujer del rey Parhu se llamaba Ati… Cuando Cristóbal Colón llegó al Continente Americano, en el siglo XV de nuestra era, ya existía en América el culto a la divinidad Ati.”

En otra cueva perdida, la de Los Muñecos – también en la zona de Caño Hondo – Narciso encontró pinturas rupestres de “muñecos que tienen las mejillas pintadas de rojo: lo que indica que los caribes vieron gente diferente a la que estaban acostumbrados a ver, gentes que tenían mejillas rosadas”. Una escena pintada con líneas negras mostraba a “sacerdotes indígenas colocados al lado del altar de los sacrificios” y en otra, “una figura en forma de pez con cara humana y una especie de pie en la punta”.

El sabio – ducho en simbología y en lenguas semíticas -comparó esta última imagen con “un ser que sale de la serpiente para transformarse en espíritu, según la tradición egipcia, que dice que las serpientes son las divinidades de donde salen los espíritus, el alma Ka que va a animar el cuerpo de sus dioses y reyes, cuando el espíritu procede de serpientes nacidas del dios Sol, Helios; o los cuerpos de los plebeyos cuando son espíritus salidos de serpientes nacidas del fondo de la Tierra, el Averno”.

Bosch concluye que “esos muñecos existentes en la caverna de Caño Hondo y que fueron hechos por los caribes, son una reminiscencia de su procedencia africana y representan el culto a la serpiente y su transformación en espíritu. Su resurrección”.

Ahora, en el año 2002, éramos nosotros quienes encarnábamos el espíritu del Dr. Narciso Bosch adentrándonos en el territorio salvaje de los Haitises. (…)

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3 comentarios

  1. 16 septiembre 2007 a 11:50 pm

    […] LOS HAITISES: TIERRAS DE LOS FENICIOS AMERICANOS […]

  2. Aurelia Cora said,

    31 octubre 2007 a 12:52 am

    Hola, Me gusta la historia de el pirata cofres. mi isla Puerto Rico en sus playas esconde un tesoro muy grande dejado por el pirata, aparte unas cuevas pajita gue tienen mucha hitoria de este pirata, aparte de las muchas monedas gue el mar trae a la orilla de la playa y rifles de ano en gue el pirata surcaba la costa sur de Puerto Rico,tenemo un sitio gue de playa gue se pasan esplorando para var si puden rescatal el tesoro pero es demasiado profundo y rocoso. Espero le guste este recuento de histiria de mi pais. cora

  3. maricruz said,

    5 agosto 2008 a 2:04 pm

    esta muy bonito dice maricruz


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