Mandeville: el aventurero que nunca existio

Por Pablo Villarrubia Mauso

El libro de viajes más famoso de la Edad Media, “Libro de las Maravillas del Mundo” (1356) fue escrito por un gran mentiroso: Juan (Sir John o Jean) de Mandeville. Aunque hablara de tierras conocidas y desconocidas hasta su época, el escritor sólo visitó el Bizancio, Tierra Santa y, quizá, Egipto. No logró llegar a la India, según él mismo cuenta, por que “nosotros habríamos ido a ver estos árboles de sol y de la luna, si pudiéramos pasar, mas no podrían pasar cien mil hombres d’ armas, por causa de la gran copia de bestias salvajes…”

Exageraciones como estas aparecen a menudo en “Maravillas del Mundo”, donde monstruos grotescos, mujeres amazonas, tierras de tesoros y océanos repletos de criaturas abominables rellenan páginas y más páginas. Podemos decir que el mencionado libro fue un best-seller de su tiempo.

Se conocen más de trescientos manuscritos en diez lenguas diferentes y noventa ediciones hasta el año 1600. Hoy, cuando se habla de literatura de viajes, quizá debiéramos mirar hacia atrás para ver como nació este género a partir de la popularización de una obra a expensas de la imprenta, como nos dice Estela Pérez Bosch en un ensayo recopilado por Rafael Beltrán en “Maravillas, peregrinaciones y utopías” (Publicaciones de la Universidad de Valencia, 2000).

En lo personal, Mandeville era un hombre destrozado por el reumatimo, padecía de “gotas artríticas”, y quizá algo cobarde como lo atestiguaron algunos de sus coetáneos. Mandeville más bien se acercaba a lo cómico, aunque no lo pretendiera, y pincelaba de fantasía todo lo que entonces podía conocer a través de relatos personales de viajeros y de los libros.

Monstruos a granel

El bestiario de Mendeville es uno de los más ricos e ilustrados de toda la Edad Media. Nos habla de gansos de dos cabezas en la isla de Silo y sus leones blancos; los cangrejos gigantes de la isla de Pathen cuyos caparazones podían servir de habitación; del país de Pantoroze con su mar hecho de piedras y guijarros, sin una gota de agua y que se movía como las olas. En una isla del río Renemar los habitantes estaban cubiertos de plumas. O, aún, describía a los seres humanos con cabeza de perro, los sin cabeza, los cíclopes, pigmeos, gigantes, sátiros, hormigas mineras que buscaban oro para los humanos, etc.

Mandeville revelaba a sus lectores haber estado en el mítico reino del Preste Juan, un soberano cristiano que habitaba en medio de lejanas tierras de infieles donde campaban hombres con cuernos. El mismo Preste Juan, al combatir, no llevaba su bandera al frente, sino tres cruces de fino oro, grandes y altas, enclavadas de piedras preciosas. Cada una sobre un carro ricamente adornado. Para custodiar cada cruz se alistaban 10.000 hombres de armas y más de cien mil hombres a pie, según el libro.

En China, donde alegaba haber llegado, describió la vida de los mandarines que vivían “sin facer ningún fecho d’armas” y rodeados de “cincuenta doncellas y mujeres que le sirven a comer cada día, y tañen y facen otras cosas que le placen”…”sus uñas son tan largas que se enrollan en torno a los dedos”.

Además, situó el Paraíso Terrenal entre los ríos Fisón (o Ganges), en el que se hallan “muchas piedras preciosas y mucho madero de áloe e gran mena de oro”, el Agrón (o Nilo), el Tigris y el Éufrates. No se podía entrar en el paraíso pues había una sola entrada la “cual está cercada de fuego ardiente”. “En el más alto lugar, en medio del paraíso terrenal, está la fuente que echa los cuatro ríos que corren por diversas tierras”, es decir, los supradichos.

Si Mandeville nos habla del Paraíso, también describe – y con más detalles – el Infierno situado en el Valle Peligroso y de su temible guardián: “en medio del valle, encima de una roca, hay una cabeza que tiene la vista muy espantable de mirar…y tiene los ojos movibles y centelleantes…y lanza de sí fuego y fumo e tanto de mal olor que apenas ningún hombre lo podría sufrir”.

Antes de penetrar en el Valle, Mandeville y sus compañeros discuten si deben adentrarse a él o no. Por fin unos frailes le dan la comunión e, insuflado de ánimo, se lanza a la temible empresa: “y en esas tinieblas fuimos derribados en tierra más de mil veces y de diversas maneras, que apenas nos poníamos en pie volvíamos a caer”.

Cuando llega al infierno – quizá situado entre Bojara y Samarkanda – se topa con una gran multitud de bestias parecidas a “cerdos verdes y negros” que corrían entre sus piernas y que le hacían caer. “Y hallamos muchos muertos bajo nuestros pies, que se quejaban de que pasásemos por encima de ellos, lo que era muy espantoso de oír. Y estoy seguro de que si no hubiésemos recibido el Corpus Domini hubiéramos permanecidos perdidos en aquel valle”.

Por fin el aventurero y sus compañeros logran salir de aquél infierno aunque él quedara herido en el cuello, “de tal modo que pensé que la cabeza se me desprendía del cuerpo, y llevé una señal negra como el carbón más de dieciocho años”. Al fin de este tiempo, este sello diabólico se transformó en una señal blanca, prueba, quizá, de la “pureza” espiritual de Mandeville y de haber suplantado un obstáculo.

Plagio y confesión

Si es verdad lo que cuenta, el “Sir” nació en Sant Albans, Inglaterra y tuvo que huir de su tierra porque en 1322 mató a un hombre durante un duelo. Sus remordimientos le llevaron a peregrinar hacia Jerusalén, de donde partió a Asia, alargando su viaje durante 34 años. Después, en 1355, – según su dudosa narrativa – fue a Liège para consultar al famoso médico Juan de Borgoña, a quien entregó el manuscrito de sus aventuras. El galeno se lo publicó en francés, y no en inglés o latín, como sería lógico entonces.

Y para dar más veracidad a lo que narraba, solía escribir frases como estas: “Y los que hayan visitado este país…me creerán y sabrán si digo lo que he visto”. Mandeville dejó huella en lectores muy importantes, como Cristóbal Colón, que puso muchas anotaciones sobre las páginas de un ejemplar de las “Maravillas” del viajero imaginario.

Las ilustraciones de su obra excitaron la imaginación de muchos lectores, como la escena de dos orientales que ofrecen un cordero “vegetal”, mientras que tres occidentales responden blandiendo una rama de la cual penden tres pájaros, pues en Inglaterra existían “flores que caen en la tierra se tornan páxaros volantes y son buenos para comer”.

En su lecho de muerte, en noviembre de 1371, el doctor Juan de Borgoña reconoció que él era, en realidad ¡Juan de Mandeville! Es probable, según algunos historiadores, que este galeno viviera en Constantinopla durante muchos años y, que de allí, llegó a Jerusalén. También se descubrieron las víctimas de sus plagios: Plinio, Ptolomeo, el viajero Jean de Pian de Carpini y hasta Marco Polo.

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