Nuestros amigos de las Islas Afortunadas: Canarias

Pablo Villarrubia Mauso

Confieso abiertamente mi pasión por el archipíelago más bello del mundo: el de Canarias. Quizá, en esta opinión influya lo personal, pues la madre que me parió nació en el barrio de San Telmo, en Las Palmas de Gran Canarias, y las amistades que he forjado en los últimos años con los nativos de estas islas afortunadas. Amén de que Canarias es el eslabón perdido entre el viejo mundo y el nuevo mundo: jamás, fuera de América Latina, me he sentido tan en casa, como si estuviera en algún rincón de Venezuela o Brasil.

Hasta el nombre de la “Canarinha” -la selección de Brasil, pentacampeona mundial – se ha inspirado en los magníficos pajaritos amarillos que alegran el archipiélago con su melódico cante. En este Jardín de las Hespérides (como pensaban los antiguos) crecen árboles prehistóricos, como el Drago y enormes frutas endulzan la boca y la vida de los peninsulares. Es la tierra prometida, que lo sigue siendo también para los muchos inmigrantes que llegan del Africa en sus pateras buscando esa isla de San Borondón.

Las islas Bien Aventuradas han parido uno de los mejores investigadores y periodistas del misterio de todo el mundo: José Gregorio González, hermanito isleño por cuya sangre circulan las hematíes guanches, pueblo aguerrido y creativo que los franceses, portugueses y españoles quisieron doblegar. José Gregorio, que todos vosotros conoceis, es el hombre que en los últimos años más ha contribuido para divulgar el archipíelago que, para unos, es lo que restó del hundimiento del continente perdido de Atlántida.

Desde la izda, Paco Padrón, Nacho Ares, José G. González, Javier Sierra

Desde la izda, Paco Padrón, Nacho Ares, José G. González, Javier Sierra

En sus veladas radiofónicas en “Esencia de Medianoche” (lea el “Dial del Misterio” en este periódico) sigue animando las noches isleñas con sus contertulios, noticias e invitados. Toñi, siempre presente, es la persona clave para mantener vivo y en orden una programación de alto nivel.

José Gregorio y su amigo David Heylen nos han brindado el mejor libro de criptozoología de los últimos tiempos: “Criptozoología: el enigma de los animales imposibles” (Edaf, 2002) y ya nos sorprenderá, espero que en poco tiempo, con una esperada guía secreta de Canarias. De momento mi amigo guanche nos ha dejado un clásico de la ufología hispana: “Los Ovnis en Canarias” (Centro de la Cultura Popular Canaria,1995).

José G. gonzález y Jaime Rubio

José G. González y Jaime Rubio

Las tierras de Güimar, en Tenerife, nos han revelado uno de los más grandes investigador de misterios arqueológicos: Emiliano E.Bethencourt, el hombre que descubrió las pirámides de Güimar. Descubrió, digo, porque antes todos consideraban que aquellas piedras amontonadas eran obra de los pastores que nada tenían que hacer. Tuvo que luchar contra los arqueólogos ortodoxos, y después de muchos años, se ha reconocido que aquellas construcciones son realmente pirámides y, además, con orientación astronómica para fines rituales.

Desde la izda, Pablo Villarrubia, David Heylen, José Gregorio y Fernándo Hdez

Desde la izda, Pablo Villarrubia, David Heylen, José Gregorio y Fernándo Hdez

Esto sirvió para que Thor Heyerdahl, el célebre arqueólogo y navegante noruego recientemente fallecido, pudiera atar su teoría: las pirámides de Güimar son el eslabón perdido entre las del Egipto y las de América. Bethencourt – descendiente del célebre navegante galo – también nos ofreció, recientemente, una nueva teoría que desveló los planes secretos de los caballeros Templarios para conquistar el mundo, desde Canarias y las Baleares.

Las Islas Afortunadas nos han ofrecido una pléyade de destacados investigadores del misterio, como el entrañable Paco Padrón Hernández, este hombre que ya es historia. Periodista, escritor, y “anchor man” de programas radiofónicos, Paco fue uno de los testigos del intrigante caso de un avistamiento OVNI en La Tejita ocurrido la noche del 9 de junio de 1975.

No podemos olvidar a Emilio Bourgon y sus incansables peregrinaciones al Egipto en busca de sus arcanos milenarios. O también a la excelente investigadora de sectas y una de las más combativas femenistas canarias: María Ferraz. En la verdosa isla de La Palma vive Oscar García Rodriguez, editor del periódico “Atlantes: enigmas de la ciencia”, una de las máximas autoridades en temas espiritistas. En este periódico colaboran algunos de los mejores investigadores canarios y peninsulares.

En Gran Canaria está Jaime Rubio Rosales, vicepresidente de la Sociedad para la Investigación de la Historia Atlántica, periodista de pura cepa y autor de libros que nos muestran algunos de los muchos enigmas historicos isleños. Otro vecino de Gran Canaria – de Gáldar – es Carmelo Mederos, músico y entrañable conocedor de los enclaves donde aún hoy siguen viviendo los espíritus de los ancestros. A todos ellos y a otros que no he podido mencionar en estas líneas, mis agradecimientos y reconocimiento de amistad.

Algunos links sobre Pablo Villarrubia

http://garcia-adell.blogspot.com/2007/06/pablo-villsrrubia-colaborador-de-cuarto.html

http://esencia21.foros.ws/t53/esencia21-con-quottercer-milenio-en-bco-de-badajoz-quot/

http://www.ikerjimenez.com/especiales/prestejuan/index.htm

http://italian.imdb.com/name/nm3052197/

http://perso.wanadoo.es/ricardo.cob/nov20.htm

http://www.ellitoral.com/index.php/diarios/2007/06/09/opinion/OPIN-04.html

Mandeville: el aventurero que nunca existio

Por Pablo Villarrubia Mauso

El libro de viajes más famoso de la Edad Media, “Libro de las Maravillas del Mundo” (1356) fue escrito por un gran mentiroso: Juan (Sir John o Jean) de Mandeville. Aunque hablara de tierras conocidas y desconocidas hasta su época, el escritor sólo visitó el Bizancio, Tierra Santa y, quizá, Egipto. No logró llegar a la India, según él mismo cuenta, por que “nosotros habríamos ido a ver estos árboles de sol y de la luna, si pudiéramos pasar, mas no podrían pasar cien mil hombres d’ armas, por causa de la gran copia de bestias salvajes…”

Exageraciones como estas aparecen a menudo en “Maravillas del Mundo”, donde monstruos grotescos, mujeres amazonas, tierras de tesoros y océanos repletos de criaturas abominables rellenan páginas y más páginas. Podemos decir que el mencionado libro fue un best-seller de su tiempo.

Se conocen más de trescientos manuscritos en diez lenguas diferentes y noventa ediciones hasta el año 1600. Hoy, cuando se habla de literatura de viajes, quizá debiéramos mirar hacia atrás para ver como nació este género a partir de la popularización de una obra a expensas de la imprenta, como nos dice Estela Pérez Bosch en un ensayo recopilado por Rafael Beltrán en “Maravillas, peregrinaciones y utopías” (Publicaciones de la Universidad de Valencia, 2000).

En lo personal, Mandeville era un hombre destrozado por el reumatimo, padecía de “gotas artríticas”, y quizá algo cobarde como lo atestiguaron algunos de sus coetáneos. Mandeville más bien se acercaba a lo cómico, aunque no lo pretendiera, y pincelaba de fantasía todo lo que entonces podía conocer a través de relatos personales de viajeros y de los libros.

Monstruos a granel

El bestiario de Mendeville es uno de los más ricos e ilustrados de toda la Edad Media. Nos habla de gansos de dos cabezas en la isla de Silo y sus leones blancos; los cangrejos gigantes de la isla de Pathen cuyos caparazones podían servir de habitación; del país de Pantoroze con su mar hecho de piedras y guijarros, sin una gota de agua y que se movía como las olas. En una isla del río Renemar los habitantes estaban cubiertos de plumas. O, aún, describía a los seres humanos con cabeza de perro, los sin cabeza, los cíclopes, pigmeos, gigantes, sátiros, hormigas mineras que buscaban oro para los humanos, etc.

Mandeville revelaba a sus lectores haber estado en el mítico reino del Preste Juan, un soberano cristiano que habitaba en medio de lejanas tierras de infieles donde campaban hombres con cuernos. El mismo Preste Juan, al combatir, no llevaba su bandera al frente, sino tres cruces de fino oro, grandes y altas, enclavadas de piedras preciosas. Cada una sobre un carro ricamente adornado. Para custodiar cada cruz se alistaban 10.000 hombres de armas y más de cien mil hombres a pie, según el libro.

En China, donde alegaba haber llegado, describió la vida de los mandarines que vivían “sin facer ningún fecho d’armas” y rodeados de “cincuenta doncellas y mujeres que le sirven a comer cada día, y tañen y facen otras cosas que le placen”…”sus uñas son tan largas que se enrollan en torno a los dedos”.

Además, situó el Paraíso Terrenal entre los ríos Fisón (o Ganges), en el que se hallan “muchas piedras preciosas y mucho madero de áloe e gran mena de oro”, el Agrón (o Nilo), el Tigris y el Éufrates. No se podía entrar en el paraíso pues había una sola entrada la “cual está cercada de fuego ardiente”. “En el más alto lugar, en medio del paraíso terrenal, está la fuente que echa los cuatro ríos que corren por diversas tierras”, es decir, los supradichos.

Si Mandeville nos habla del Paraíso, también describe – y con más detalles – el Infierno situado en el Valle Peligroso y de su temible guardián: “en medio del valle, encima de una roca, hay una cabeza que tiene la vista muy espantable de mirar…y tiene los ojos movibles y centelleantes…y lanza de sí fuego y fumo e tanto de mal olor que apenas ningún hombre lo podría sufrir”.

Antes de penetrar en el Valle, Mandeville y sus compañeros discuten si deben adentrarse a él o no. Por fin unos frailes le dan la comunión e, insuflado de ánimo, se lanza a la temible empresa: “y en esas tinieblas fuimos derribados en tierra más de mil veces y de diversas maneras, que apenas nos poníamos en pie volvíamos a caer”.

Cuando llega al infierno – quizá situado entre Bojara y Samarkanda – se topa con una gran multitud de bestias parecidas a “cerdos verdes y negros” que corrían entre sus piernas y que le hacían caer. “Y hallamos muchos muertos bajo nuestros pies, que se quejaban de que pasásemos por encima de ellos, lo que era muy espantoso de oír. Y estoy seguro de que si no hubiésemos recibido el Corpus Domini hubiéramos permanecidos perdidos en aquel valle”.

Por fin el aventurero y sus compañeros logran salir de aquél infierno aunque él quedara herido en el cuello, “de tal modo que pensé que la cabeza se me desprendía del cuerpo, y llevé una señal negra como el carbón más de dieciocho años”. Al fin de este tiempo, este sello diabólico se transformó en una señal blanca, prueba, quizá, de la “pureza” espiritual de Mandeville y de haber suplantado un obstáculo.

Plagio y confesión

Si es verdad lo que cuenta, el “Sir” nació en Sant Albans, Inglaterra y tuvo que huir de su tierra porque en 1322 mató a un hombre durante un duelo. Sus remordimientos le llevaron a peregrinar hacia Jerusalén, de donde partió a Asia, alargando su viaje durante 34 años. Después, en 1355, – según su dudosa narrativa – fue a Liège para consultar al famoso médico Juan de Borgoña, a quien entregó el manuscrito de sus aventuras. El galeno se lo publicó en francés, y no en inglés o latín, como sería lógico entonces.

Y para dar más veracidad a lo que narraba, solía escribir frases como estas: “Y los que hayan visitado este país…me creerán y sabrán si digo lo que he visto”. Mandeville dejó huella en lectores muy importantes, como Cristóbal Colón, que puso muchas anotaciones sobre las páginas de un ejemplar de las “Maravillas” del viajero imaginario.

Las ilustraciones de su obra excitaron la imaginación de muchos lectores, como la escena de dos orientales que ofrecen un cordero “vegetal”, mientras que tres occidentales responden blandiendo una rama de la cual penden tres pájaros, pues en Inglaterra existían “flores que caen en la tierra se tornan páxaros volantes y son buenos para comer”.

En su lecho de muerte, en noviembre de 1371, el doctor Juan de Borgoña reconoció que él era, en realidad ¡Juan de Mandeville! Es probable, según algunos historiadores, que este galeno viviera en Constantinopla durante muchos años y, que de allí, llegó a Jerusalén. También se descubrieron las víctimas de sus plagios: Plinio, Ptolomeo, el viajero Jean de Pian de Carpini y hasta Marco Polo.